Campo minado

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Ellas fueron bombas suaves que fueron minando mi vida en la infancia. Imagine un campo lindo, lleno de flores, pero que una persona va allá y comienza a minar todo aquel campo con bombas pequeñas. Aparentemente son inofensivas, pero cuando llega un determinado momento aquellas bombas explotan, y lo que era lleno de vida se queda gris, con olor de muerte.

A veces la persona explota por varios motivos, por no conseguir controlar sus problemas, buscando ayuda para sí misma primero, para después ayudar a sus hijos. No sabe que su comportamiento, sus palabras, quedarán marcadas por el resto de la vida de sus hijos.

Este fue mi caso: crecí en un hogar desequilibrado emocionalmente, mi madre tenía días que me daba un montón de cariño, otros días de golpes – variaba conforme el humor de ella. Eso trajo hacia mi interior una confusión de sentimientos e inestabilidad emocional. Yo que era un niña muy cariñosa, creativa, juguetona, alegre y muy comunicativa, fui retrayéndome a causa de las explosiones de rabia de mi madre.

Habían días muy difíciles para mí, me acuerdo de un episodio en el que yo tenía 10 años de edad, y mi madre me dio lo que equivale hoy en día a 50 euros (120 reales) y me mandó comprar leche para casa. Yo con mi cabeza distraída, cabeza de 10 años, perdí aquellos 50 euros, que creo era todo lo que ella tenía para pasar todo el mes… ese día yo quería haber desaparecido, deseé morir… Aparecí en casa y dije que perdí los 50 euros, ella gritó, me golpeó, me ofendió con palabras, me avergonzó delante de los vecinos, en fin… todas las semanas yo tenía que pasar por una escena como esta, y lo que más me marcaba eran sus palabras, que herían en el fondo de mi interior, hundiéndome completamente.Yo podría ser lo que fuera allá fuera, podían llamarme de todo, pero de mi madre yo necesitaba escuchar palabras de afirmación.

La palabra de la madre tiene una fuerza inmensa. Siempre me llamaban de fea en la escuela, sufrí problemas de racismo, y yo siempre preguntaba a mi madre si ella me veía bonita… ¡yo tenía esa necesidad!

¡Mira la importancia de sus palabras! Toda esa situación me hizo crear un muro de autodefensa, y ¿sabe lo que aconteció? Me hice fría, distante, reservada, una persona poco comunicativa, me encerraba dentro del cuarto, y comencé a odiar mi madre. Cada vez que ella me hería con palabras, más distante de ella yo me sentía, y ese odio crecía más aún. ¡Vea que triste!

Hoy soy adulta y tengo 33 años. Esa mi infancia se reflejó hasta hace poco tiempo en mi vida, cuando yo comencé a trabajar en mis “raíces” y preguntar por qué yo no era tan cariñosa, por qué tenía una manera de ser tan rígida. Fue cuando analicé mi pasado, y arranqué esa raíz. Yo la hice secar.

Yo pasé por todo eso, y sólo conociendo a mi Jesus es que pude vencer de verdad. Mi madre hoy es una mujer transformada, otra persona… pero si podemos evitar este tipo de situaciones, ¿no será mucho mejor?

Bueno, aquí queda un pedacito de mi historia, que yo creo que no vale la pena repetirse.

Si usted lee este texto y se da cuenta que está aconteciendo eso en su vida, dé un basta ahora mismo, cultive ese campo lindo, ¡nada de minas!

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